sábado, 9 de marzo de 2013

Los problemas de la intuición hegemónica (post de Fernando Aiziczon)


Más allá de las especificidades históricas del debate (que las tiene y es bueno el aporte del blog en ese sentido), hay dos nudos que se reiteran y no se terminan de desatar: la cuestión de la centralidad del Sujeto obrero (es decir, la validez de un supuesto y las conclusiones que de ahí se sacan) y la cuestión de cómo ocurrirá la convergencia de movimientos sociales que también resisten someterse al capital (punto en el cual la discusión estratégica parecer caer en saco roto). Curiosamente, este último dato –el capital como el enemigo central y núcleo ontológico de las identidades políticas y sociales- persiste objetivamente, pero tal realidad no es aceptada en todas sus consecuencias; si así lo fuera, creo que no tendría mayor sentido discutir lo anterior.

Parece entonces que el problema de la hegemonía tiene una faceta visible que es la que desarrollan los post (una discusión estrictamente histórico-política, sobre la que se puede discutir toda la vida) y otra menos evidente, que probablemente se comprenda mejor si se estudia el horizonte cultural de época –algo a lo que Gramsci prestaba especial atención-, horizonte que, si se demuestra tan decisivo como para relativizar el análisis histórico-político, es porque su abordaje no puede demorarse mucho más.

Esto es así porque una cosa es el análisis del itinerario de un concepto, otra es el concepto en sí, y otra muy distinta es la política concreta que sugiere el concepto para una situación histórica determinada. Si Hegemonía puede definirse grosso modo como dominio de una entidad sobre otras de igual tipo (una clase sobre otra), la política del concepto dirá cómo o mediante qué medios se logra esa situación.

Es relativamente fácil establecer situaciones de dominio o de hegemonía, lo difícil es prescribir cómo es posible subvertirlas, cómo lograr que las clases oprimidas comprendan que para conocerse a ellas mismas deben primero comprender el sistema de relaciones en las que, además, están tan envueltas como dominadas… 

El problema de la hegemonía es entonces de orden práctico: ¿cómo lograr que el dominado domine? Se lo puede explicar, pero es mucho más compleja la traducción de esa explicación al campo de la acción. Ahí nadie sabe cómo se sigue.

Hay que insistir en que existe un vínculo hegemónico no explícito: comprendemos a las masas en su dolor –Chávez is dead- pero no sabemos por qué no rompen con su condición de subalternas, o a lo sumo diríamos que el “sentido común” se lo impide, o peor aún, que el dolor para con el líder refuerza la imposibilidad de esa ruptura. El problema ahora no se restringe a que el vínculo hegemónico no se muestre como tal, sino que las mismas clases en su composición contienen en su interior, de modo incorporado, diversas dosis de dominación (de ahí la lucidez de Trotsky al describirlas como desgarradas por antagonismos interiores y, por lo tanto, susceptibles de ser representadas por partidos burgueses). 


Todo este rodeo apunta a las dificultades que se manifiestan para abrir más el debate en torno a la noción de hegemonía, una noción que abarca otras dimensiones centrales que curiosamente no se abordan, como por ejemplo, la cultural.

Sin entrar en ese tema –el cultural- vuelvo a insistir con lo anterior: ¿por qué es difícil entonces avanzar?, por algo que yo llamaría la “intuición hegemónica”, intuición que apunta a ir en contra de lo que Bensaid denomina la “acepción autoritaria” del término (las reivindicaciones fijadas a priori en función de su pertenencia de clase versus la “acepción democrática” que permite vincular una multiplicidad de antagonismos en la lucha por el poder), algo así como comprender la razón hegemónica revolucionaria pero sospechar de su aplicabilidad para estos tiempos. Sospechar no debe comprenderse como una forma de pesimismo o derrotismo, al contrario, sospechar es persistir en indagar –una y otra vez, igual que los títulos de los reiterados post- a fondo de si, una vez que es esclarecida la cuestión histórico-política de la hegemonía, por qué entonces resulta tan esquivo el camino hacia ella. 

En otras palabras, por qué un Bensaid o un NPA “recaen” en errores como el abandono de tácticas de unidad del frente proletario o de ganar a la mayoría de la clase obrera para posiciones revolucionarias, es decir, ¿por qué abandonan las dos condiciones que hacen posible la toma del poder? O ¿por qué las nuevas izquierdas, aquí y allá, abandonan al sujeto obrero, lo reemplazan por una multitud ambigua y se lanzan a la conquista de las instituciones estatales?

¿Acaso Bensaid desconoce todo esto?, pienso que al contrario, porque conoce a fondo el problema es que se deja llevar por cierta intuición. Es más, el artículo citado (“Frente único y hegemonía”) es una polémica contra el fenómeno del eurocomunismo, contra sus teóricos, y contra el abandono de la dictadura del proletariado –sin un debate serio, ¡claro!-. ¿Entonces?, el punto es si esa intuición obedece a que Bensaid busca evitar cerrarse en la certeza – o la esencia, o la pureza- del concepto, especulando un poco, por miedo a caer en la marginalidad política.

Bajando a tierra ¿si la toma del poder actualmente está tan pero tan lejos, más lejos que nunca, cómo salvar el punto en que la fidelidad a la idea de hegemonía proletaria liquida involuntariamente la propia política revolucionaria?, ¿Cómo acortar la distancia entre el pulido final del concepto-estrategia y la posibilidad de su aplicación práctica? En el contexto actual parece inevitable la tentación del atajo, y es ahí donde comienzan los problemas, las lagunas, los errores. Porque la discusión no avanza más allá de la operación de discriminación entre aquellos que entienden hegemonía de una forma u otra. Dicen FR y JDM:

“Lo ‘paradójico’ es que a lo largo de la lucha de clases en el siglo XX todos los que después de Gramsci hicieron de la cuestión de la ‘hegemonía’ su principal bandera (reformistas de distinto tono), son los que trabajaron permanentemente para evitar que la clase obrera se hiciera hegemónica, sólo por el simple hecho que su función es evitar que ‘se haga del mando.”

O:

“La respuesta a estas preguntas puede llevar, en líneas generales, a dos grandes orientaciones políticas y estratégicas. La reformista gradualista (con todas sus variantes) que pelea por la conquista permanente de posiciones en las instituciones 'privadas' o estatales que le permitan a la clase obrera hacerse fuerte social y hasta culturalmente, para conquistar 'capacidad hegemónica'. En cierta medida una forma de transpolar la estrategia de la burguesía en la revoluciones burguesas a la clase obrera. O, por el contrario, una estrategia revolucionaria que entienda la 'potencialidad hegemónica' de la clase obrera como la capacidad de forjar una alianza obrera y popular, que puede hacerse efectiva cuando en momentos de ascenso revolucionario, demuestra capacidad de decisión para hacerse del mando. Esta estrategia debe ir acompañada de un programa que incorpore las demandas de todos los sectores oprimidos por el capital, que en las sociedades actuales más complejas que la simple distinción de 'oriente' y "occidente', se multiplicaron bajo la forma de múltiples movimientos que varían incluso de país en país.”

Allí quizá el problema sea menos el ser ubicado como reformista gradualista o revolucionario que el reducir todo a una simple oposición que puede operar como estrategia que, paradójicamente, anule la voluntad hegemónica, so pena de descargar el problema en improbables “momentos de ascenso revolucionario”. En otras palabras, distinguir entre gradualista o revolucionario, a fines de construir hoy una voluntad hegemónica no resuelve el problema de cómo anclar esa anhelada estrategia revolucionaria, porque la improbable “potencialidad hegemónica” de la cual se entiende que es preciso creer, contiene en su interior la pregunta de ¿hasta dónde confiar en ella sin caer en la teleología?

En el mismo sentido, la distinción Oriente/Occidente puede –o quizá debe- entenderse, por el contrario, como una metáfora que alude a distintas tradiciones de lucha, o si se prefiere, culturas políticas o niveles de combatividad de clase: ¿cómo anclar una estrategia revolucionaria en una sociedad que carece de esas experiencias? ¿Cómo se logra la “conquista previa” de la hegemonía o se da alcance a la “reforma intelectual y moral” en contextos de una marginalidad política prolongada de la izquierda revolucionaria? 

Insisto, el problema no es la certeza del análisis –certeza de la cual no dudo y con el cual acuerdo-, el problema está en la traducción de ese debate a una realidad histórica concreta tallada como nunca por el culto a la diversidad: allá el eurocomunismo, acá el reformismo estatista posneoliberal o las variopintas izquierdas independientes latinoamericanistas. Allá el abandono de la dictadura del proletariado, acá el abandono de la idea de revolución. En el medio, el movimiento obrero…

En este contexto, si no hay traducción, probablemente no haya posibilidad concreta de práctica hegemónica real, a menos que se vaya al choque frontal contra la idea de pluralidad…esa que aplana las jerarquías en función de la prevalencia de lógicas autónomas (caso COMPA).

Dice Bensaid: “Tomada en un sentido estratégico, el concepto de hegemonía es irreductible a un inventario o a una suma de antagonismos equivalentes”, pero después Bensaid se vuelve oscuro y asume –y no puede ser de otra manera- que el capital es el principio o sujeto unificador de todas las luchas y movimientos autónomos que pululan entorno a la centralidad proletaria. ¿Entonces? Por eso, creo, Bensaid cierra su ponencia sosteniendo que el concepto de hegemonía es a la vez útil (la necesaria unidad de la pluralidad) y problemático (¿cómo definir espacios y formas de poder?). Intuye de algún modo que no hay salida a ese dilema y que es difícil sostener esa certeza en torno a la hegemonía proletaria, porque es la potencia de un razonamiento contra el espíritu de una época profundamente reformista. Queda la opción, en contra de Bensaid, de pensar que la intuición también juega un papel conservador. 

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